En este cuadro quería homenajear al cráneo de Goya que lleva siglos separado del cuerpo y desaparecido.
Al fondo podemos ver un espejo en el que se refleja el pintor, que en ese momento se está retratando en el lienzo de la derecha.
El cráneo también pertenece al pintor pero se encuentra en otro momento de la historia del mismo, momento en el que ya pasó a la eternidad.
El ratoncito comiendo la manzana nos recuerda que aunque para unos la vida acabe, para el resto sigue como si nada hubiera pasado.
Posiblemente esta sea la obra a la que más complejidad compositiva y de sentido le he dado hasta la fecha, a nivel técnico también ha sido un reto ya que es el primer rostro humano que pinto.
Pintada al óleo sobre tabla de iroko de 30x30x4 cm aproximadamente






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